Dos días no bastan para conocer los secretos mapuches sobre portales a otras dimensiones, pero son suficientes para enamorarse de esta fascinante culutura ancestral del sur de Chile.

El fuego encendido en el medio de la ruca es lo único que ilumina el espacio. Son las 4 de la tarde pero la vivienda no tiene ventanas, sólo un par de ventilaciones bien arriba en el techo, por donde sale el humo con olor a hierbas.

Estamos en el Lago Budi, en la comunidad mapuche de Llaguepulli, ​ubicada en la Araucaníay gracias a la invitación de Sarina Hinte, de Elementos Turismo Experiencial, hoy dormiremos en la vivienda tradicional de una de las 85 familias originarias que viven en esta comuna. La casa de Don Luis.

Los Mapuche son considerados una de las culturas originarias vivientes más antiguas del mundo y en la región de la Araucanía, en el sur de Chile, existen más de 120 comunidades de esta etnia, que mantienen su lengua (Mapudungun), sus tradiciones y su economía basada en los productos de la tierra y el mar.

El anfitrión en la comunidad de Llaguepulli es Pablo Calfuqueo,  un mapuche nacido y criado en el litoral, la zona de la frondosa cordillera de la costa y los alrededores del lago Budi. En palabras mapuches, Pablo es un Lafquenche.

La comunidad, emplazada en altura sobre el río, está abierta a cualquier visitante que esté interesado en conocer cómo vive una familia mapuche, aprender de su cosmovisión, tradición, relación con la naturaleza, hierbas medicinales y métodos de cultivo. Pablo es quien se encarga de organizar a los visitantes y de derivarlos a las distintas familias donde dormirán, cenarán y almorzarán.

En nuestra primera tarde en este oasis, Pablo nos lleva a hacer ​kayak. Lo primero que hace es pedirle permiso al Nguen, las fuerzas protectoras del río para que podamos entrar. Y es que los mapuches respetan profundamente  la naturaleza, considerando sagrados a todos los animales, las plantas, el suelo y el resto del mundo material.

Para ellos la palabra respeto tiene un significado importantísimo. En mapudungun se traduce como Ekuwun, y la falta de este con el entorno podría alterar la armonía entre el cosmos y el ser humano trayendo serías consecuencias a la vida humana. Para el mapuche, lo que se le haga a la naturaleza, se lo está haciendo a sí mismo.

Ya con todo el grupo en los kayak observamos el magnífico paisaje y Pablo, quien nos guía junto a Ediel Legiñaco, operador de turismo local, nos cuentan sobre la flora y fauna del lugar.

En los alrededores de este lago, existen 132 especies de aves, un 30.5% del total nacional entre las cuales se incluyen el cisne de cuello negro, el cuervo de pantano y la garza cuca.

Después de una relajada tarde subimos a cambiarnos para la cena tradicional. Cazuela para algunos y puré con verduras de la huerta para los vegetarianos. Ya habiendo finalizado nos movemos hasta la ruca principal donde nos cuentan sobre la cosmología mapuche. Nos hablan  de cómo la o el machi sabe que tendrá este importante rol a través de sus sueños y enfermedades. Nos describen cómo la o el machi diagnostican enfermedades a través de animales muertos y nos cuentan sobre los  lugares sagrados que hay en los alrededores.

La comunidad  de Llaguepulli es enorme. Cada familia tiene sus tierras donde cultivan mezclando técnicas ancestrales con herramientas de la permacultura como el uso de hummus y el compost a partir de los residuos orgánicos. Por la mañana recorremos una parte del terreno  en carreta para llegar hasta el huerto medicinal Mapu Lawen, donde el Lawentuchefe, el herbolario tradicional de los mapuches, usualmente explica para qué sirve cada hierba.

En esta ocasión la explicación la hace Pablo, ya que el experto en plantas está de viaje. Sus conocimientos son cotizados y por eso no siempre es posible encontrarlo en la comunidad.

Con una increíble vista al lago Budi enmarcado por rucas bajo el sol nos despedimos de la familia de Luis, de Ediel y de Pablo, quienes nos han recibido como si fuésemos parte de sus familias.

Dormimos en ruca, sí, fui una experiencia única, sí. La razón por la que muchos vinimos a este viaje. Pero fuimos sorprendidos, porque dormir en ruca no es suficiente para empaparse de esta maravillosa cultura ancestral. Al menos dos días son necesarios para aprovechar al máximo la oportunidad única de ser recibidos en una comunidad mapuche que funciona y que vive bajo los estándares de su tradiciones originarias.

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