Quienes viajan al extremo sur de Chile buscando escapar de la locura de la ciudad se encontrarán con una realidad impactante: en la naturaleza de Magallanes te sientes más acompañado y más loco que nunca.

Por Tania Opazo

“Hola, ¿qué tal? ¿Usted de qué país viene?”. Eso, según los guías de las Torres del Paine, es lo que se acercan los guanacos a preguntarles a los turistas. Es que para los animales de esta zona, irónicamente tan alejada de todo, los cientos de visitantes hiperventilados con cámara fotográfica son cosa de todos los días. Tanto, que parecen posar para ellos. Parecen entrevistarlos.

Y sin embargo, cuando pareciera que los visitantes han atrapado con sus lentes toda la esencia de la Patagonia chilena, algo sucede. Unos cisnes de cuello negro, de los que hay por decenas en las costas de Puerto Natales, hacen un desprecio y se alejan mar adentro. Pablo Negri, gerente del Hotel Remota, se lamenta, con un enorme lente que casi parece escopeta, por su caza frustrada. Exclama y hace gestos. Sólo minutos después,
cuando otra ave capta su atención y lo hipnotiza, olvida la traición de los cisnes.

La emoción sólo de observar y caminar es tanta que el frío se olvida. “Es un paisaje sobrecogedor”, sería la frase cursi y cliché para decirlo. En realidad es un paisaje que te golpea duro en la cara. Es el viento que te recuerda tu realidad: estás en un paraje ajeno que continúa su vida pase quien pase sobre él. Ni las carreteras, ni los hoteles, ni los caminantes equipados con zapatos y parkas de trekking extremadamente caras lo afectan.

Estás a merced de la naturaleza. La lluvia va y viene, tiene un sabor distinto, dan ganas de tomársela. Limpio el vidrio empañado de la camioneta y pasa una liebre corriendo por la carretera. Es una plaga en la zona, dice el Chato, quien conduce la camioneta y con ojo de lince detecta todos los animales del camino. Y entonces, una nueva parada para tomar fotos.

El camino

"Súbete al auto, que se va a poner a llover", dice Pato, chofer del Remota, ubicado en Puerto Natales. Son las dos de la tarde, y hace unos minutos el cielo se veía azul en el horizonte. Sin embargo, al voltear la cabeza se veían venir las nubes negras, amenazantes.

Comienza a granizar. Cinco minutos. Vuelve aparecer el sol, que acá es blanco en vez de amarillo, y que a falta de la capa de ozono se torna más peligroso y poderoso que nunca. "Siempre hay que echarse bloqueador, en la cara, las manos. Uno no se da ni cuenta cómo quema", explica Pato.

Curiosamente, en el mall de Punta Arenas la gente come helado. Es un mall como sería cualquier otro hasta que escuchas a los "chicos" (porque en este extremo del mundo no son "chiquillos" o "cabros"), hablando. Tienen un ritmo melodioso que hipnotiza. “Me cago, ché”, dice uno, y la cercanía con Argentina queda en evidencia. Me doy cuenta que el acento me ha delatado todo el tiempo, que no soy un “chumango”, sino uno más del norte.

Pato es uno del norte, muy del norte. De Arica. Aunque en la Patagonia el norte empieza en Puerto Montt, donde el país aún es una franja de tierra de sólo una pieza. Me acompaña a comer churros en el café Chocolatta de la calle Bories y luego a comprar zapatos en la zona franca para hacer trekking (el Balfer que se encuentra fuera del módulo central es sin duda el lugar más conveniente).

Paramos en la Copec de allá, Enersur, mientras los vehículos cargan combustible. Un camionero come papas fritas, no de las congeladas típicas de servicentros, sino unas caseras, grandes, tentadoras. El viento no se detiene y azota las banderas chilenas que quedan aún desde septiembre, y las numerosas de la República Independiente de Magallanes, azul con amarillo y con cinco estrellas blancas que representan la Cruz del Sur.

Camino a Puerto Natales, el camino parece infinito. No hay nada al final, salvo más camino. Suena una canción en mi cabeza. Es mi banda sonora para el camino: "Faraway, so close", de U2, aunque en verdad suena la cumbia villera de una radio argentina. Pato cuenta su historia. Llegó al sur haciendo su servicio militar, se especializó en caballería blindada, y conoció a la que es su esposa. Su carrera en el ejército lo llevó por diversos lugares, tanto dentro como fuera del país, pero él siempre quiso volver. Por eso tras varias negativas para ser trasladado desde Santiago optó por una baja voluntaria. Decidió capacitarse como asistente de guía y trabajó como conductor recibiendo a militares y diplomáticos en las Torres del Paine.

Luego de la historia, contemplamos el paisaje. La pampa parece infinita. Lagunas y restos de nieve adornan el paisaje, mientras que vacas y ovejas comen pasto al lado de la carretera, indiferentes al clima antojadizo. Hasta hace casi un siglo, la costumbre de quemar bosque para alimentarlas se le fue de las manos a sus dueños. Actualmente, quedan como testimonio tristes hectáreas de árboles grises, apenas sobreviviendo, doblados por la fuerza del viento.

Sin duda algo, probablemente más de una cosa, parece enamorar a los del norte. Claudio y Carolina trabajan en la administración del Hotel Remota; él es de Temuco y ella de Santiago. ¿Qué los hace mover vidas y familia tan lejos? Ni siquiera se atreven a intentar explicarlo.

Será la emoción del salto. Será el lugar que te deja boquiabierto.

Remota: La experiencia

Remota no es lujo, al menos no como suele ser concebido. Es tibio y con aroma a Lenga, pero está lleno de espacios que te recuerdan que estás al extremo sur del mundo. Un paseo a la piscina o su jacuzzi, al aire libre recorriendo un largo pasillo de madera, sin duda te sacará un par de escalofríos cuando el aire helado te rodee.

El agua de la piscina termina donde empieza un enorme ventanal con vista al mar. Agua limpiada con iones, sin una gota de cloro. Jovita se acerca y me ofrece una copa de vino. La tomo mientras veo cómo el vapor sube por la ventana.

Luego unos minutos en el sauna y volver a la habitación, con una ducha enorme que parece cubrirte por completo. Las piezas de Remota son simples, amplias y cálidas. La madera, casi sin intervención, se hacer notar en las paredes. Desde sus enormes ventanas se ve el mar, oscuro en los días nublados, de un azul intenso en los despejados.

El comedor parece sacado de un camping. Uno acogedor, embellecido al extremo. El chef René Espinoza vive en el hotel. No parece importarle estar solo, probablemente porque no se siente solo. Dice que le gusta ver desde la ventana de su cocina a los animales que pasan por su patio, donde tienen una huerta que produce las verduras que llegan a la mesa.

Se entusiasma hablando de sus platos, como su estrella, el Carpaccio de guanaco, que en el par de minutos que le toma preparar capta la atención de todos. Su equipo lleva a la mesa diversas degustaciones. Una tras otra, sorprenden: bacalao en salsa de menta, ostiones, caracoles, salmón, todo simplemente delicioso. Entre tanto plato pequeño terminas comiendo un festín.

Silencio. Sólo la lluvia golpea el techo. “Es el estilo Remota”, me dirá después Carolina. Sin televisiones en las piezas, la invitación es a experimentar la calma. Alguien lanza una broma en la mesa, traducida para una chica de Colorado. Todos ríen y ahí está, de nuevo, el silencio. En cualquier otro lugar sería incómodo, pero acá es estrictamente necesario.

De excursión

Hay por aquí un entusiasmo particular por ganarle la batalla al clima. Cruzar los dedos, evocar la fe, aplicar una cábala. “Va a despejar”, dice el Chato, en su perfecto acento chumango. Las Torres del Paine se esconden y luego aparecen entre las nubes.

Claudia, nuestra guía, le explica a Tom, en perfecto inglés, cómo se formó la roca de las cuevas. Es simple y clara al hablar. Es entretenida. Es la guía perfecta. Y sin duda un buen guía puede hacerte disfrutar mil veces más la experiencia de la Patagonia.

En la Cueva del Milodón Claudia me cuenta que también es de Santiago, y fue durante cinco años guía en las Torres del Paine. Su marido también es guía en las Torres y durante mucho tiempo, cuando sus turnos no calzaban, el mayor contacto que tenían era cuando se cruzaban en el “Hello Trail” –el camino más frecuentado por los turistas y en donde siempre te encontrarás con alguien para saludar– con sus respectivos grupos.

La cueva es enorme. Apenas quedan pedazos de estalactitas cayendo desde el techo. Volteas la cabeza y ves la luz de la entrada, oponiéndose a la oscuridad en la que te adentras. Claudia se lanza al suelo. Toca la tierra y tras unos segundos levanta su mano y nos muestra triunfal: un pelo de milodón. La réplica del animal, un par de pasos más allá, parece más tierno que amenazante.

En la entrada del Parque Nacional Torres del Paine observamos al río Paine avanzar a gran velocidad. Su agua es celeste. Un zorro gris se recuesta y nos observa curioso. Las escenas para fotografiar son tantas que no paras de tomar fotos. Como un esquizofrénico, click aquí, click acá.

Volvemos a la camioneta y nos esperan con un picnic, que aunque incluye un mantel en el suelo más bien parece un almuerzo al aire libre. “Es el estilo Remota” repite orgulloso Pablo Negri. Luego habrá que detenerse por varios minutos a fotografiar unas pequeñas flores rojas que crecen en los cerros y que contrastan en el gris paisaje de la pampa.

“Perdona si me emocioné demasiado en nuestro paseo”, le digo a Tom tras haber gritado, saltado y tocado todo lo que pude en nuestra excursión de trekking.

“¿Sabes?”, me dice en tono de confesión: “He recorrido el mundo y muchos otros lugares de la Patagonia, pero sin duda éste uno de los lugares más bellos del mundo. Aquí tienes todo el derecho a sentirte como un niño chico”.

Llegamos al lago Grey. Es una playa enorme, donde una vez hubo agua. Luego de caminar por un rato –ahogados por el aire frío y el exceso de ropa– llegamos a la orilla: pequeños, y no tan pequeños, trozos de hielo están a nuestro alcance. Y más allá, los glaciares. Todo blanco, cercano pero a la vez inaccesible. Me ofrecen un pisco sour con hielos centenarios. Digo no: me niego a desabrigar un centímetro de mi rostro.

Los cóndores planean sobre nosotros. Luego de muchas fotos, muchos videos, toca ir llenando como locos, como drogados más bien, las memorias de las cámaras. Cuando pasamos cerca de los ñandús, los guanacos nos miran a un par de metros. Ninguno se acerca a entrevistarnos.

El quiebre

Algo se quiebra en ti cuando dejas la Patagonia Austral. Se supone que escapabas del tumulto, de la locura de la civilización, y sin embargo en Magallanes nunca te sientes sólo. Te sientes más acompañado y más loco, pero en una forma buena, que te saca una sonrisa.

Entonces buscas desesperado cumplir alguna de las cábalas que prometen garantizarte el regreso: comer mermelada de calafate, darle un beso en el dedo gordo del pie al Indio Patagón que está en la plaza de Punta Arenas.

Luego de eso pienso ¿qué diferencia hacen esos trucos? Me subo al avión, con una convicción simple y sencilla que aún no desaparece de mi cabeza: tengo que volver. ¿Qué mejor cábala que esa?